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Louise Twyman

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Enero

02/2018

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Una cocina motivadora

Escrito por Erica Davies

La estilista, periodista sobre moda y asesora de marcas Erica Davies nos cuenta cómo la reforma reciente de su cocina ha cambiado su rutina matutina y cómo nuestro entorno puede influenciar nuestro estado de ánimo.

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Fotografía: Herringbone Kitchens

Hace dos años, por Navidad, dejamos Londres. Era un gran cambio para nosotros y conllevaba muchos riesgos y dudas. ¿Nos gustaría nuestro nuevo hogar? ¿Estábamos haciendo lo correcto? ¿Serían felices los niños? ¡¿Le caería bien a la gente?!

 

La casa a la que nos mudamos era mucho más grande que la anterior, que nos hizo felices durante diez años y fue el primer lugar que conocieron nuestros retoños nada más salir del hospital. Pero nos faltaba espacio, luz y el campo; por eso mismo decidimos trasladarnos.

 

Durante seis meses, en los que vivimos de cajas, me sentí deprimida y fuera de lugar. Sí, la mudanza fue tremenda y mi vida cambió drásticamente, pero la cosa iba más allá. El ambiente en general me resultaba insulso y extraño y no lograba hacerme a nuestra nueva morada. La casa se me antojaba desangelada, con sus paredes cremosas desnudas, sus moquetas beige y carencia de luz. La habían pintado de colores totalmente desatinados y me dejaba con la moral por los suelos todo el día.

 

Así que nos pusimos a pintar, cuarto por cuarto, tan pronto como las finanzas lo permitieron y, sin prisa pero sin pausa, la casa empezó a coger forma; de pronto, la sentía mía, era mi hogar. Por fin podía desconectar. La cocina fue el último proyecto que completamos y vaya si fue grande: absorbió todo nuestro dinero y capacidad de gestión. Echamos abajo un par de paredes, arrancamos el pavimento, la llenamos de color (azul oscuro y rosa pálido con verde hierba y cobrizo) y le dimos sensación de continuidad; la colmamos de personalidad y amor.

 

Ahora es el primer sitio en el que nos reunimos los cuatro.


Es donde preparamos la cena y nos sentamos a hablar y ver la tele. Donde los críos hacen los deberes y los mayores leemos el periódico del domingo. Es mi refugio. Me levanto media hora antes de lo debido para bajar y prepararme una taza de café y poder sentarme en el sofá verde del final de la cocina a disfrutar de mi remanso de paz.

Me dedico al frenético mundo digital, en el que las alertas, los mensajes y los correos electrónicos no dan tregua. Cuando no estoy pegada a mi iPhone como si fuera otra extremidad, tengo que priorizarlo todo para no caer en la ansiedad. La primera taza del día me da ese tiempo de tranquilidad tan fundamental. Aunque lo cierto es que no puedo remediar hacer varias cosas a la vez, así que, mientras espero a que la cafetera despierte y llene el ambiente con el aroma de café molido, le echo un vistazo a la agenda para saber lo que me depara la jornada. Procuro organizarlo todo la noche anterior, de modo que la mochila de los niños esté hecha y lista junto a la entrada de atrás. 

 

Nada más dejar a los niños en el cole, voy al gimnasio una hora o me vuelvo directa a casa y preparo un par de huevos cocidos en la tranquilidad de la cocina. Trabajo en casa, pero esa media hora en la que hago el desayuno es mi momento de felicidad: no tengo compañía, pero todavía no estoy en modo trabajo. Está claro que ser sociable es muy importante, pero trato de enseñarles a mis hijos constantemente que también hay que aprender a estar bien solo.

 

Soy muy aficionada a los podcasts (me encanta «The High Low» de Dolly Alderton y Pandora Sykes y «Hashtag Authentic» de Sara Tasker), aunque también me pongo música que saboreo antes de hincar los codos y entrar en faena. 

 

Acabo de invertir en un portátil nuevo, así que ahora también paso mi jornada laboral en la cocina. Me preparo otra taza de té, pongo el ordenador en la mesa, enciendo una vela y disfruto del jardín como telón de fondo. Después de años en una oficina, me siento muy afortunada de tener flexibilidad y trabajar en casa. Echo de menos a los compañeros, pero me obligo a hablar con alguien con frecuencia (¡no hay nada como una buena conversación!).

 

El espacio personal de una persona es crucial para su salud mental. 

 

Por eso siempre deberíamos llenarlo de lo que nos gusta.

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